Hola comunitarios, no me puedo resistir a compartir mi experiencia en la incursión que estoy realizando en el mundo de la natación. Seguramente seréis muchos los que estáis en la misma situación que yo, por ello me he animado a contarlo. He de decir que soy más bien de secano, de montaña, de tierra, es mi medio y en él me desenvuelvo. El agua me ha dado siempre respecto e incluso algo de miedo. Pero mi preocupación ha aumentado tras notar algún dolor o molesta en la espalda estos últimos meses, supongo que debido al exceso de horas de ciclismo (que no es precisamente el mejor deporte para la espalda), horas sentado en la silla trabajando y horas jugando a deportes de raqueta (tenis, pádel, squash, ping-pong, frontenis). Todo esto me ha hecho meditar y recapacitar para animarme a hacer natación, el mejor deporte para fortalecer mis poco usados músculos de la espalda.

He hablado con muchas personas y todas me recomiendan la natación para evitar futuros problemas en la espalda, para fortalecer la musculatura. Yo mismo lo sabía y tenía claro, pero de saberlo a hacerlo hay siempre un trecho importante. La pereza que da el iniciar algo en lo que intuyes que vas a padecer te hace ir dejándolo para otro momento.

Pero no se podía aplazar más, llegó el momento, me adentré en un mundo nuevo para mí, sabía nadar un poco, lo suficiente para no ahogarme, lo que aprendí hace unos 30 años. Esa era toda mi experiencia en natación, un curso de verano de cuando era niño y poco más.

Me puse manos a la obra, vi lo que necesitaba porque hoy en día para practicar cualquier deporte parece que siempre se necesita comprar algo. Hace unos años no era así, hicieras el deporte que hicieras con muy poco era suficiente, ahora hemos de ir equipados hasta los dientes, en muchos casos de forma innecesaria, falsas necesidades que nos venden a base de bombardeo mediático y publicidad. Pero este es otro tema que no trataré en este artículo.

¿Por qué me metí en la piscina?

La razón principal ya está expuesta arriba, el cuerpo es sabio y avisa, te va dando pequeños avisos en forma de una sensación rara por aquí, una pequeña molestia pasajera por allá, un dolorcito, una molestia que empieza a hacerse constante, dolor y algún pinchazillo… Y el pinchacillo fue lo que me hizo meterme en la piscina.

Hasta ahora había tenido algún dolor lumbar tras las rutas de bici, al enfriarme, sobre todo al levantarme de la cama a la mañana siguiente. Pero últimamente me venía algún pinchazillo por la zona de la espalda y eso es un aviso importante, el cuerpo es sabio. No me ayuda mi trabajo, donde permanezco sentado muchas horas. Tampoco mis estudios, más de lo mismo. La posición de estar sentados en una silla es antinatural y si, además, sumas los vicios posturales todo irá a peor.

No me gusta nada tomar medicamentos, soy anti-medicamentos al 100%. Las grandes marcas de medicamentos son auténticas mafias (que influyen a farmacéuticos y médicos) y buscan la venta, no la salud de las personas, enfermos crónicos que consuman medicamentos de por vida. La gran parte de los médicos (no digo todos), entras en su consulta, te pones a decirles “Tengo una molestia en la espal…” y antes de acabar de hablar, sin ni siquiera mirarte, está  escribiendo una receta para algún “antiinflamatorio”.

Si voy al médico con estos problemas me llenará las manos de recetas con innumerables medicamentos para paliar el dolor, pero no se preocupará de cuál es la causa que me lo provoca y de darme instrucciones para evitarla.

Que me perdonen los médicos honrados y auténticos, los médicos de vocación, los que no tienen en la mano derecha un bolígrafo y en la izquierda una receta cuando entras a la consulta, los que sí miran al paciente, le hacen preguntas e indagan sobre la causa del dolor, que sé que los hay, esto no va con ellos. Tampoco es objeto de este artículo este tema, así que lo dejaré para otra ocasión.

Mi sentido común y los avisos de mi cuerpo, al que dejo que me avise y no le meto drogas que anulen el dolor (medicamentos), considero que el dolor es un mecanismo natural del cuerpo para evitar problemas. Pues esos dolorcillos y pinchazos me hicieron pensar un poco sobre su origen. Está claro que son debidos a que no tengo musculatura en la espalda porque no la fortalezco con el ciclismo y no hago gimnasia de compensación. Por lo tanto antes de que se agrave la cosa mejor tomar medidas.

La medida quizá más fácil es ir al gimnasio y hacer compensación, hacer ejercicios de fortalecimiento de la espalda. Pero el gimnasio no acaba de convencerme mucho o nada. La otra opción es nadar, menos agresiva, más suave y por lo tanto mejor. Pero nadar cuesta un poco más, al menos para mí.

Mi preparación para la natación, comprar

Pues sí, comprar y comprar y tiro por que me toca. Incluso intentando no comprar nada innecesario tuve que acercarme a un centro especializado y comprar lo siguiente:

  • Gafas para natación: dado que el agua de las piscinas lleva una gran cantidad de cloro y si no llevas gafas acabas con los ojos rojos como los tomates, además de que el cloro es veneno.

  • Gorro: obligatorio supongo que para no soltar pelo en la piscina que atasca los filtros.

 

  • Bañador: la única prenda necesaria para nadar.
  • Chanclas: obligatorias para andar por la piscina y por las duchas.
  • Tapones para los oídos: en mi caso obligatorios porque se me mete el agua y no sale como debiera. Hablaré de esto más adelante.
  • Toalla, gel: para la ducha posterior, para quitarnos el cloro de la piscina.
  • Macuto, mochila, bolsa: algo para transportar la toalla, el gel y las cosas mencionadas anteriormente.

La inversión económica no es muy grande (relativamente), pero puede rondar perfectamente los 100 euros. A todo esto hay que añadirle el pago por la piscina, que puede rondar los dos o tres euros por baño. Y si optamos por natación con monitor nos costará otro suplemento mensual, en mi caso natación libre.

Artículo Precio
Gafas 20,00 €
Gorro 12,00 €
Bañador 35,00 €
Chanclas 25,00 €
Tapones (a medida) 75,00 €
Toalla 5,00 €
Gel 4,00 €
Mochila 15,00 €
Uso piscina (1 año) 190,00 €
Total 381,00 €

Llegó la hora del primer chapuzón

Sin más dilación, eché todo a la mochila y me dirigí hacia la piscina, acompañado de la comunitaria Patricia, que también retomaba la natación, aunque ella estuvo nadando recientemente para la preparación de su triatlón. Por supuesto casi todo lo hago de forma autodidacta, así que prescindí de monitor, no me gusta nada que me digan lo que tengo que hacer, prefiero aprender por mi cuenta. Y en el caso de la natación más todavía, me pondría nervioso al tener que seguir instrucciones en un medio que no controlo.

Ya sé que no es lo mejor, ya sé que lo ideal es que un profesional te vaya guiando con ejercicios y corrigiendo la técnica: lo sé, pero tras analizarlo detenidamente prefería ir por libre.

Nos dirigimos hacia la piscina, pagamos el baño y me metí en el vestuario, algo a lo que no estoy acostumbrado: primer contratiempo. Tienes que ir cogiendo cierta soltura para desnudarte y ponerte la ropa de bajo, el gorro, las gafas y los tapones de los oídos. Me costó un poco la primera vez, sobre todo los tapones, unos que adquirí de plástico que me hacían daño en la oreja. También tenía dificultades para ponerme las gafas, no había manera de dejarlas bien sujetas.

Salí hacia la piscina, con miedo a resbalarme, andando despacio, allí todo es muy resbaladizo. Elegí una buena época, en septiembre, cuando aún no hace frío. Calenté un poco, hice algún movimiento con los brazos y piernas, para evitar algún tirón, revisé el gorro, las gafas y los tapones, me di la ducha obligatoria inicial y ¡a la piscina!

La primera sensación fue de miedo, por qué no decirlo, así que escogí la calle de la derecha por si tenía que parar a mitad, que era lo más probable. Antes de ir había hecho un poco los deberes, me había visto algún vídeo sobre técnica de crol y había leído algo, al menos para no parecer un pato.

Si estoy solo en la calle estoy menos nervioso, no molesto a nadie y nadie me molesta. Afortunadamente el primer día fuimos a una hora en la que apenas había gente y pudimos coger una calle sin gente. Unos ejercicios en el agua antes de empezar a nadar, para tomar contacto y ¡a nadar!

Bufff, qué mal, qué sensación más mala, las primeras brazadas fatal, sin coordinar bien los movimientos, faltándome la respiración, con la sensación de que no llegaba ni a la mitad. Traté de tranquilizarme e ir más despacio, era cuestión de maña y no de fuerza, recordando lo de los vídeos y libros que había visto. Conseguí llegar al final ¡Mi primer largo! Obviamente en piscina corta, 25 metros, para mí todo un logro.

Paraba un poco al final de cada largo para recuperar la respiración y volvía a ello. Acabé este primer día bastante contento al ver que podía hacer largos sin tener que parar por mitad, pero me costaba mucho, en los últimos metros me faltaba el aire y llegaba muy justo.

Acabamos y a la ducha, con todos los líos que hay que desplegar: que si coger los geles y la toalla y la ropa de cambio, ducharme con el agua muy caliente o muy fría (no había término medio), secarme bien para evitar los temidos hongos, todo ello con las chanclas para no pisar el suelo directamente… En fin, algo que no me gustó nada.

Los siguientes días de natación

Poco a poco, como pasa con todo en la vida, me fui habituando y nadaba tres o cuatro veces por semana. Poco a poco fui progresando y cada vez me costaba menos hacer los largos y cada vez hacía más largos en la hora de natación. Pero seguía cometiendo muchos errores de técnica y, sobre todo, me acostumbré (mal acostumbrado) a parar en cada largo, aunque fueran unos segundos.

Un monitor que me veía a veces, como iba en oras de poca gente, me aconsejó no parar entre largo y largo, porque estaba acostumbrando mi cuerpo, mi respiración, mi corazón, a esa parada y eso no era bueno para progresar.

A partir de aquí recuerdo que me hice mis tres primeros largos sin parar, fue un calvario, otra vez me faltaba el aire, me ponía nervioso y no conseguía coger el ritmo. Lo que os dije al principio, esas instrucciones que recibí del monitor, que fueron bienvenidas y perfectamente comprensibles, me pusieron  nervioso. Ese día hice muchos largos sin parar pero lo pasé bastante mal.

Después decidí volver a mi hábito de parar, pero en lugar de cada largo, parar cada dos o tres largos, prefería ir progresivamente. Más o menos me funcionó, aunque seguía faltándome el aire cuando llevaba un par de largos.

He ido adquiriendo un poco de técnica y algo más de confianza, incluso he llegado a nadar con dos personas más en la misma calle, algo que nunca creí que podría realizar. Si bien aún me queda mucho camino por recorrer, sigo parando cada tres o cuatro largos y, a veces, me sigue faltando el aire. No acabo de acostumbrarme del todo a este medio, un poco hostil para mí, acostumbrado a respirar en el aire y cuando quiero.

Las gafas ¡Se empañan!

Sí amigos, así es, era un calvario, cuando llevaba unos minutos nadando las gafas se me empañaban y acababa por no ver casi nada, algo desagradable para los que estamos empezando, que necesitamos ver la línea para saber qué queda y si vamos por el buen camino. Probé otras gafas y me funcionaban un par de días, al tercero se empañaban también.

Afortunadamente existen algunos trucos para evitar esto, que paso a exponer porque a mí me funcionaron y seguro que os pueden servir, sin entrar en detalles físicos del por qué se empañan las gafas:

  • Saliva: pues sí, parece que funciona, aplicar nuestra propia saliva al interior de las gafas. Yo no lo he probado, pero dicen que funciona.
  • Patata: se lavan las gafas y se le aplica patata en su interior, de forma que quede una pequeña película de patata, que será la que impida el vaho, la condensación. Tampoco lo he probado.
  • Toallitas húmedas: de momento es el método que he usado y me va muy bien, además de que así no tengo que limpiar las gafas porque las limpio con la propia toallita. Solo tengo que pasar la toallita por el interior de las gafas y ¡listo! Ya no se empañan. Eso sí, habrá que hacerlo antes de cada sesión, al igual que el resto de “trucos”.
  • Productos específicos antivaho: venden unos spray específicos para evitar el vaho en las gafas. Pero tienes que comprarlos y, además, limpiar antes las gafas y luego aplicar el spray. No los he probado, veo más práctico el tema de las toallitas, que siempre tenemos por casa.
  • Productos de desengrasado: también funcionan los productos que usamos en casa para limpiar los platos, por ejemplo. Se trata de echar unas gotas de cualquiera de estos lavavajillas y mezclarlos con agua, luego pasarlos por el interior de las gafas. Esto lo veo algo engorroso, no lo he probado.
  • Gafas antivaho: tengo poca experiencia pero no las aconsejo, con el uso acaban perdiendo esta capacidad y se convierten en gafas normales. os lo comento porque las que me compré indicaban “antivaho” y a la cuarta o quinta sesión de natación se me empezaron a empañar.

Por temas de evitar en la medida de lo posible los productos químicos, me quedo con la saliva o la patata. El resto de cosas dejan residuo químico. En el caso de las toallitas, que es el que he usado por “comodidad”, queda la toallita que tienes que tirar a la basura (nunca por el retrete) y, además, dejas el cristal con restos de productos químicos, que con la condensación del agua acaban cayéndote en la cara. Así que lo mejor es usar los métodos “naturales”: saliva o patata.

La gente, el agobio

Uno de los motivos por los que no consigo conger costumbre y aguantar todo el año nadando es la gente. En la época y horario en que apenas había nadadores casi disfrutaba, en una calle solo o con otra persona máximo, que además solía ser la comunitaria Patricia, llegaba a divertirme por momentos. Pero cuando empezó a venir más gente, cuando coincidíamos varios nadadores en una misma calle, la cosa cambió.

Tal vez por mi inexperiencia, tal vez por mi falta de técnica y de confianza, el caso es que sea como fuere sufría cuando había más de una persona en mi misma calle. Y esto empezó a suceder demasiado a menudo.

En estos casos no puedes seguir tu ritmo cómodamente porque el que va detrás, si va a más ritmo, te acaba tocando sin querer, cosa que te desconcentra y, teniendo en cuenta mis limitaciones técnicas, me hacía incluso tragar agua y ponerme nervioso. Otro impedimento es que, como es lógico, me puedo torcer un poco y acabar en medio de la calle en lugar de ir por la cuerda, así que “choque” con el que viene de frente.

Los últimos días no me resultaron gratos por este motivo, supongo que es cuestión de acostumbrarse, aunque a mí no me dio tiempo y ahora expongo por qué: los oídos.

Los tapones, los oídos, los hongos, el fin de la natación

Otro tema que no se suele mencionar y que, para los que tenemos problemas en el oído, suponen la mayor de las molestias e incomodidades de la natación. Os cuento mi caso y mi historia para arrojar un poco de luz sobre el tema.

Primero probé a nadar sin tapones, a la primera brazada tuve que parar porque me entraba agua en el oído y no me salía. Ya había padecido este problema de joven, aunque quise probarme, pero seguía igual: necesito tapones. Opté por unos como los de la foto:

No me resultaron nada cómodos, ese primer día con ellos fue nefasto, me hacían daño en los oídos. Nunca llegué a acostumbrarme a ellos, así que pasé a probar estos otros, los de “cera” de toda la vida, aunque ahora creo que no es cera y es alguna otra cosa:

Resultado de imagen de tapones oidos

Me fueron mejor que los otros, pero son incómodos de poner, tienes que ir presionando un poco hasta que cojan la forma del oído. Si no te los colocas bien te puede entrar algo de agua. Y lo que me resultó peor y más molesto, incluso preocupante, es que se me metía muchísimo en el oído. Cuando acababa la sesión y me sacaba los tapones, se había creado un fino hilo que llegaba casi al tímpano. Y lo curioso es que solo los presionaba un poco al principio para que cogieran algo de forma, pero poco. Seguramente con el movimiento del cuello o algo acababan deformándose y penetrando en el oído.

Y llegó el temido momento, lo que más temo de la natación, sin lugar a dudas: problemas con los oídos. Seguramente me entró algo de agua y, como no me salía adecuadamente, acabaron por salirme hongos en los oídos. Me ocurrió, lo recuerdo perfectamente, yendo a la marcha BTT de Bronchales, esa semana había hecho mucha natación y las semanas de antes también. Me dolían los oídos, uno más que otro y me empecé a preocupar.

Nunca había tenido hongos, ni dolor en los oídos, tal vez cuando era joven, hará varias décadas, pero ya no lo recuerdo. El dolor era desagradable y, lo que es peor, los notaba taponados. Cuando se te tapona un oído pierdes un poco el equilibrio, además de que vas medio sordo. Así fue como hice la marcha BTT de Bronchales.

Cuando llegamos de regreso fui a visitar a un profesional, que me miró el oído y me dijo que tenía hongos. Esto fue lo que acabó con mis ganas de hacer natación, esa es la verdad. Aún así no quería coger miedo, no me gusta coger miedo a las cosas, así que investigué sobre el asunto de los tapones y me enteré de que se podían hacer tapones a medida.

Cuando se me pasaron las molestias de los hongos me acerqué a un centro especializado, que me hizo unas mediciones y me puso una pasta en el oído para hacerme unos tapones a medida. Me los hice con la esperanza de recuperar las ganas de volver a nadar sin el miedo de tener problemas en los oídos. Son estos:

 

He de decir que aún no los he probado, pero sí me los he puesto y no oigo nada, absolutamente nada, del exterior, además de que quedan muy bien ajustados y totalmente adaptados a la forma de tu oído. Pero aún no puedo hablar sobre su resultado real, será en un próximo artículo.

Espero sacar fuerzas y ánimos para retomar la natación, la verdad es que me venía muy bien e iba progresando. Además de que notaba, con un par de meses, mejoría en la espalda.

De vuestro comunitario presidente Alonso.